En esta edición de El Diálogo, se sienta con Lily Flórez, artista samaria y talentosa cantante, para hablar sobre sus inicios en la música, los retos que ha enfrentado y cómo ha logrado dejar huella en un mundo tan competitivo y complejo.

Lily, bienvenida a El Diálogo. Es un gusto tenerte aquí. Cuéntanos, ¿cómo fue que empezaste en este camino de la música? ¿Siempre fue algo que soñaste?

La verdad es que mi relación con la música comenzó de una forma bastante curiosa. No era algo que me gustara de niña, ni siquiera me llamaba la atención. Todo empezó porque en la iglesia a la que asistía había un grupo de señoras que cantaban… y bueno, no lo hacían muy bien (risas). Me decía a mí misma: «Yo creo que puedo hacerlo mejor que ellas», aunque nunca antes lo había intentado.

Así que comencé a cantar por necesidad, y poco a poco me fui enamorando del proceso. Aprendí guitarra de manera autodidacta, con unas hojas de acordes que alguien me dio, y todo fue muy intuitivo. Más tarde ingresé a la Fundación Aluna, donde conocí a mi maestra Lulú. Ella fue un pilar importante para mí; no solo me enseñó técnica vocal, sino que también me motivó y me mostró el valor de la disciplina en la música.

Lily Flórez durante una de sus últimas presentaciones/ Fotografía cortesía.

¿El canto es algo con lo que se nace o se puede aprender?

Definitivamente se puede aprender. Claro, hay personas que tienen un talento innato, pero eso no significa que quienes no lo tienen no puedan llegar a cantar. Yo siempre digo: si puedes hablar, puedes cantar. No es un proceso rápido ni fácil; requiere práctica, paciencia y dedicación. He trabajado con alumnos que empezaron de cero y, con el tiempo, lograron entonar y disfrutar del canto. Es cuestión de constancia y de entender que cada voz tiene su propio camino de desarrollo.

Hablando de caminos, ¿cuál ha sido uno de los momentos más memorables de tu carrera?

Hay varios, pero uno que siempre guardo en mi corazón fue mi participación en la ópera Hansel y Gretel cuando estaba finalizando la universidad. Interpreté a Hansel, un niño, y fue todo un desafío. No solo tenía que cantar, sino también actuar como un niño, caminar, comportarme y hasta moverme como ellos.

El reto fue tan grande que incluso trajeron a un profesor de teatro desde Barcelona para ayudarnos a perfeccionar los personajes. La experiencia fue transformadora. Recuerdo que, después de la presentación, cuando me quité la peluca, algunas personas del público pensaron que realmente era un hombre (risas). Fue un momento muy especial que me reafirmó que estaba en el lugar correcto.

¿Cuál crees que ha sido tu mayor desafío personal y profesional?

Sin duda, uno de los mayores retos fue hacer mi maestría mientras era mamá primeriza. Imagínate, estudiando en Medellín y con una bebé de apenas meses. Hubo momentos muy difíciles, como cuando tuve una amenaza de aborto estando sola en otra ciudad, o los viajes interminables con mi hija para poder cumplir con mis clases.

Fue agotador, pero también gratificante. Conté con el apoyo incondicional de mi esposo y mi familia, y eso hizo toda la diferencia. Hoy, mirando atrás, me siento muy orgullosa de haberlo logrado, porque fue una etapa de mucho sacrificio y crecimiento.

¿Qué tan complicado fue decidir estudiar música en un entorno donde no siempre se valora como profesión?

Muy complicado, la verdad. Mis papás siempre me apoyaron, pero también tenían sus dudas. Mi papá, por ejemplo, me llevó todos los currículos de las universidades para que escogiera otra carrera, pero yo estaba decidida: si no es música, no estudio nada.

El problema fue que en Santa Marta no había programas de música profesional en ese momento, así que tuve que esperar y prepararme por mi cuenta hasta que finalmente pude acceder a la universidad. Fue un camino lleno de obstáculos, especialmente económicos, pero al final valió la pena.

Háblanos de tu trabajo con la Coral Polifónica de Cajamag. ¿Qué significa para ti liderar este proyecto?

La Coral Polifónica Cajamag ha sido una experiencia maravillosa. Comencé como profesora de canto y, poco después, me convertí en directora del coro. Fue mi primera experiencia liderando un grupo vocal, y aprendí muchísimo de cada uno de los integrantes.

Trabajar con un coro es mágico porque cada voz tiene un papel único, pero juntas crean algo increíblemente poderoso. Me siento afortunada de poder aportar a la formación de músicos y ver cómo crecen y se transforman con la música.

Enseñar música es desafiante, pero hacerlo virtualmente durante la pandemia a un grupo de personas ciegas parece una hazaña increíble. ¿Cómo lograste superar esas barreras y conectar con ellos a través de la música?

Mi proyecto de grado de maestría fue darle clases a personas invidentes y a mí pues me gustó muchísimo eso porque ya antes había adquirido la experiencia en pandemia. Me conseguí un grupo de personas con limitación visual para orientarlos. 

Ahí hacíamos esto más como de sensaciones, les decía sientan que están tomando aire, como si sus costillas fueran un acordeón, entonces entendían y cuando hablaba uno, silenciaba a los demás para ir trabajando con ellos, además de las lecturas partituras en braille para que leíamos en las clases.

Vi algunas lecciones de música o grafía en braille pues la Universidad del Magdalena trae alguien de Argentina y también me gusta todo ese poco de cosas. 

Este episodio de El Diálogo nos dejó grandes reflexiones y momentos inolvidables. No te pierdas la entrevista completa en nuestro canal de Youtube o en Spotify.

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