Se llamaba Jhonataly Portillo Martínez, aunque para muchos, simplemente, era ‘Fresita’. Tenía aproximadamente unos 30 años y una historia migrante a cuestas: había nacido en Maracaibo, Venezuela. Llegó a Colombia, como tantos otros, buscando aire, oportunidad, otra vida y lo que encontró fue un lugar en las sombras.
La encontraron sin vida a un costado de la carretera, apenas iluminada por las luces intermitentes de una patrulla, como un susurro que se desvanece en la madrugada. Su cuerpo yacía sobre un tramo de la Troncal del Caribe, a pocos metros del SENA Agropecuario, en la zona sur de Santa Marta.
Versiones no confirmadas pero persistentes apuntan que la última vez que se la vio con vida fue en el Parque de los Novios, corazón palpitante del centro samario, la noche del lunes 26 de mayo.
Aún no se sabe con precisión qué ocurrió entre esa última mirada y el disparo final, pero lo cierto es que su cuerpo presentaba múltiples heridas de bala. La Policía Metropolitana, cauta y escueta, ha evitado ahondar en detalles. Se conoció que en 2021, la mujer había sido detenida tras una riña con su entonces pareja sentimental, a quien hirió con un arma blanca.
Ahora, en redes sociales, la Secretaría de la Mujer y Equidad de Género del Distrito exige justicia: “Solicitamos a las autoridades una pronta y efectiva investigación para esclarecer los hechos ocurridos en la madrugada de hoy, en los cuales una mujer fue presuntamente víctima de un acto violento que acabó con su vida”.
El pronunciamiento, aunque institucional, tiene el tono dolido de quien ya no puede fingir sorpresa. Porque en Santa Marta, la muerte de una mujer ya no causa estupor, sino cansancio. Otra más. Otro cuerpo. Otra madrugada sin nombre.
La ciudad se acostumbra al espanto con la naturalidad, mientras tanto, nadie ha respondido: ¿quién mató a Fresita? Y sobre todo ¿por qué?





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